Cuando era una niña, el ballet clásico era el rey y el mundo de la danza se nutría de la cultura rusa y la disciplina espartana. Siendo aquella joven bailarina de ballet con alma rebelde, tuve un profundo e interno diálogo con estos dos temas que en ocasiones se entremezclaban ya que me encantaba bailar y sentir la danza en cada centímetro de mi cuerpo y alma. Al mismo tiempo, la danza era para mí una gran plataforma de expresión y libertad y me resultaba extraño encerrarla dentro de una cultura tan rígida y competitiva como era la rusa. Con el tiempo y mucho esfuerzo me empecé a dar cuenta de que las cosas solo se conseguían con coherencia y trabajo, mucho trabajo. A pesar de todo esto, hoy por hoy sigue siendo el día en el que todavía ese diálogo entre la rigidez y la libertad, existe dentro de mi, aún desde el punto de vista de maestra de danza.

Lo primero y lo más importante para mí es ver a mis estudiantes correr alegremente durante la clase. Siempre he querido ser una maestra que enseña a sus estudiantes algo que les pueda servir en la vida real. Ya sea en la postura, el ritmo o la confianza en su cuerpo y alma. Entonces y sólo entonces es cuando se puede aspirar a la perfección, creando así bailaoras profesionales. Llegar a ser bailarín supone mucho trabajo duro, disciplina, consistencia y práctica. Y es que el escenario siempre lo exige todo. Quiere la perfección y no se conforma con menos, al igual que en aquella época antigua en Esparta.

Hoy por hoy todo es, a simple vista, accesible y fácil de conseguir, lo cual hace que cada cosa tenga su mágia a la vez que su precio a pagar, dos caras muy diferentes de una moneda que hay que saber afrontar de igual forma. Todo el mundo puede ser un bailarín, todo el mundo puede cumplir sus sueños y todo el mundo puede convertirse en una estrella. Todos tenemos infinitas oportunidades porque el escenario es democrático y por ello pertenece a cualquiera que quiera formar parte de él.

Elegí el flamenco casi por instinto, por la necesidad de estar en movimiento y para poder expresarme sin fronteras ni limitaciones. El flamenco te permite ser tú, da igual el color de piel, la altura, la constitución corporal que poseas o incluso el estado de ánimo que tengas ese día. No importa si estas feliz, triste o enfadada, el flamenco te permite curar el alma, cada uno a su manera pero curarlo al fin y al cabo. Gracias a él alcancé el equilibrio que buscaba entre esas raíces clásicas y rígidas que en ocasiones pueden llegar a descolocar.

Si pudieras elegir ver un espectáculo, cuál sería? El de una bailarina persistente y trabajadora que se mueve perfectamente en el escenario de acuerdo con la coreografía? o el de una bailaora que gracias a su propio ritmo puede expresarse de infinitas maneras?